jueves 28 de julio de 2011

Una ruta interior

Durante la última semana, he tenido la oportunidad de participar en la historia de este país, siendo una de las centenares de personas que se han dirigido hacia Madrid con la Marcha Indignada. En el camino he podido ver unas ganas de cambio tremendas, y la esperanza en un país deprimido, ahogado por los mercados y prácticamente abandonado (excepto en masificados centros urbanos) no es un bien que abunde. Sin embargo, el viaje más interesante es el que se produce en el interior. En la Marcha, hemos coincidido personas de toda clase (que no de todas las clases), razas, edades, y grupos sociales. La anunciada ruptura generacional es una falacia, ya que tanto en las marchas como en las Asambleas la heterogeneidad en el rango de edad era absoluta. Desde niños llevados allí por sus padres, hasta abuelos que venían a denunciar la situación de miseria en la que se encuentra buena parte de la "tercera edad" de nuestro país.

Cosas como estar tumbado delante de un cordón policial en silencio mientras que una chica temblorosa, megáfono en mano, lee ante los agentes ese despertador en que se ha convertido el "Indignaos" de Hessel. O escuchar a profesores universitarios (doctores en sus materias) hablar en las asambleas de las necesidades reales de cambio social, sentados bajo el Palacio de Cristal del Jardín del Buen Retiro. O los aplausos y estupefacción de los vecinos al cambiar en el callejero de Getafe los nombres de plazas y calles por los de "consenso", "democracia" o "libertad". En Elche, mientras tanto se derriban monolitos a la Pasionaria y se dedican avenidas a alcaldes franquistas.

Decía que la ruta es sobretodo interior. Literalmente, los "indignados" (no termina de gustarme el nombre, pero todo sea por la unidad) hemos chocado contra las vallas del sistema. Y pacíficamente, nos hemos sentado delante. Lo único que pretendíamos era hacer llegar un documento hasta el Congreso de los Diputados, pero la respuesta por parte del gobierno han sido más agresiones, más porras y más violencia. Por primera vez, he visto sombras de duda en los rostros de los polícias (hay que entender que a ellos el sistema los tiene cogidos también de los huevos), e incluso hemos oído hablar a alguno en Asambleas. La distancia interior con el Congreso se convierte en astronómica, a pesar de que físicamente sólo nos separan algunos metros. El documento, que recoge lo que todas las marchas se han ido encontrando por el camino y realiza un certero análisis de la situación de España, está en manos del Presidente del Gobierno gracias al diputado de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares. Se ofreció él a llevarlo, y se le permitió con la promesa de que en ningún caso sería utilizado para sacar réditos políticos. Pero de nuevo estamos a galaxias de distancia, porque el Presidente del Gobierno ha evitado referirse a él y la Vicepresidenta Económica ha rechazado coger una copia que le ofrecía un grupo de personas. Ese es nuestro gobierno, porque nuestro sistema se lo permite.

La única vía de cambiar todo esto, según parece el sentir generalizado, será llenando las urnas de aire en las próximas elecciones generales. La mejor manera de participar será no participando en el sistema electoral que tanta ineficacia y putrefacción está generando. ¡Ojo! No hablo de no creer en la democracia, sino todo lo contrario. Ya que nos hemos dado cuenta de que esta democracia no es real, lo único que podemos hacer es no participar en la pantomima.

domingo 3 de julio de 2011

Recuperemos nuestro espacio

Un fantasma se ciñe sobre Europa, 163 años después. Es el fantasma de la clase trabajadora sin representar. En un momento en el que el gran negocio se llama política de rescates, los ciudadanos normales, los currantes, nos hemos quedado sin representación pública en un sistema que curiosamente llaman “democracia representativa”. La política se ha convertido en un medio de promoción del estatus personal, de la posición social y -en definitiva- de ganar dinero. No hace falta mirar a eurodiputados que vuelan en primera y cobran millones de euros en dietas, nos vale con fijarnos en la política a cualquier escala. No es precisamente la clase trabajadora la que toma las decisiones, pese a ser la mayoritaria. Nos están haciendo creer que no hay más remedio que abrazar las medidas que favorecen a banqueros, empresarios -y no me refiero a quien tiene un comercio o una fábrica, sino a los propietarios de obscenas fortunas que están ahogando a los más pequeños- y políticos. Nos dicen que no se puede hacer nada porque, por ejemplo, Telefónica despida a 8.000 trabajadores en España en un año en el que sus beneficios han sido espectaculares. También tenemos que soportar la normalización de que nuestros políticos se dediquen a hacer negocios sucios que van a la yugular del sistema económico y que han provocado su desmoronamiento internacional. Si admitimos la corrupción -y parece que hay una mayoría que la ampara- somos culpables de nuestra propia situación, y nos merecemos lo que nos están haciendo pasar.

Como decía al principio, de nuevo un fantasma se ciñe sobre Europa. La última vez que los trabajadores se quedaron sin representación, la solución fue crear los Partidos Socialistas de toda Europa. Aquella chispa tuvo como resultado el mayor progreso social que ha conocido la historia humana, sirviendo simplemente la organización de los trabajadores para que se aflojara la soga con que les ahogaba la clase dirigente. En nuestro caso, como siempre con retraso, fue Pablo Iglesias junto a otros trabajadores e intelectuales quienes dieron forma política al movimiento con la fundación del Partido Socialista Obrero Español en 1879. No era entonces un partido que se codease con grandes empresarios y banqueros, sino que era la punta de lanza que denunciaba y luchaba contra sus abusos. Era un partido de clase y por tanto de masas, y por fue uno de los grandes responsables de conducir la historia de España a su primera experiencia democrática -y quizás la única- en 1931. ¡Claro que no fue perfecto! El pueblo estaba gobernando por primera vez (recordemos, por ejemplo, que el 50% de la población no había podido votar jamás), y no todo el mundo tenía la misma idea de cómo debían ser las cosas. El asesinato de este régimen cinco años después hace que sea muy difícil juzgar a la población española de aquel momento y valorar los hechos simplificando en buenos y malos es absurdo.

Ante la situación actual -que todos reconocemos como pésima- a los ciudadanos nos quedan dos opciones. La primera es atacar el sistema desde fuera, planteando una enmienda a la totalidad y construyendo una alternativa de modelo social. La subversión pura y dura, aceptando las consecuencias de la legítima desobediencia civil. La segunda es incluso arriesgada y difícil de plantear. La tan cacareada memoria histórica nos dice que los trabajadores tenemos una herramienta que ya fue diseñada en 1879, y que fueron los más desfavorecidos quienes lo hicieron. Si permitimos que esa legítima fuerza de clase siga estando al servicio de los mercados, tenemos que empezar de cero. Tras 9 años militando muy activamente en el PSOE, puedo asegurar que tiene resortes democráticos para permitir un cambio total en lo que hoy es. Y mucho ojo, no es una llamada al bipartidismo, ya que hablo de afiliación y no de voto. Los ciudadanos podemos cambiar el modelo electoral y de toma de decisiones, pero para eso primero tenemos que estar en las instituciones, o bien derribarlas.

De hecho, ambas opciones -la de derribar el sistema desde dentro o desde fuera- son perfectamente combinables. ¿Qué legitimidad tendría la clase dirigente si no permitiese la afiliación de los trabajadores para la defensa de sus intereses comunes? ¿Qué ocurriría si la militancia del PSOE dijese entonces un no rotundo a las políticas que se están desarrollando y que nos devuelven a la indefensión y a la esclavitud encubierta? ¿Podrían expulsar entonces a esos militantes críticos? En efecto, podrían. Eso dejaría sin ningún tipo de validez ningún anhelo “representativo” de los dirigentes pseudosocialistas.

Somos muchos millones los que hace cuatro años votamos al PSOE y que no lo haremos en las próximas elecciones. Me pregunto que podría pasar si todos los que consideramos que nos han estafado y defraudado no sólo no les votásemos, sino que fuésemos a las agrupaciones a afiliarnos y llevásemos a los comités y congresos del PSOE (cuyos miembros se elijen democráticamente en asambleas locales) un ¡Eeehhhh, yo no quiero esto! Y definitivamente me pregunto que ocurriría si ese grito fuese el de la mayoría de la clase trabajadora en la misma cara de la “alta clase política” que hoy dice representarnos. Porque si no nos dejan esa opción ¿qué derecho tienen a seguir llamando a esto democracia?

P.S. Hay una tercera posibilidad que no he querido contemplar. No hacer nada, no es una opción. No participar en estos momentos en la búsqueda de soluciones y en la lucha por la devolución de la soberanía a la población constituye una clara dejación de responsabilidades equivalente a la aceptación de ser esclavo y permitir que el resto también lo sea.