Hoy es primero de mayo, y he tenido (de nuevo) el honor de leer ante un buen número de personas un poema de Miguel Hernández en el cementerio de Carrús, en el que reposan los restos de tantos compañeros fallecidos en la lucha por los derechos, por la democracia y por la República. Los actos del Día del Trabajador nos sirven para reivindicar las necesidades básicas y para intentar despertar aquellas conciencias que, a pesar de estar inmersos en la mayor crisis económica que mi generación puede recordar (la de principios de los noventa la pasamos viendo Los Fruitis), aún no se han dado cuenta de la necesidad de movilización, participación y exigencias democráticas a los poderosos. Unas necesidades que pasan por la organización y asociación de la clase trabajadora, por la apuesta por la cultura (un pueblo que no sabe leer ni escribir es un pueblo fácil de engañar), y por quitarse el polvo y perder el miedo.Estando en la manifestación, rodeado de banderas tricolores, no he podido evitar preguntarme que estaría haciendo hoy el heredero a la Jefatura del Estado. Obviamente, hoy no tiene nada que celebrar aquel que durante toda su vida tiene una serie de privilegios y derechos "dinásticos" que van mucho más allá de lo establecido por las democracias modernas de nuestro entorno. Posiblemente, Felipe y su real familia habrán pasado el 1º de Mayo en un yate, en un Palacio o en un viaje pagado por los impuestos de la clase obrera española. Y todo porque a él no le trajo la cigüeña, sino el águila imperial de la pretérita bandera a una casa cuya descendencia está llamada a reinar desde hace siglos.
Hoy es un día para reivindicar los derechos que todos nos hemos ganado. El "liderismo" no existe, que nadie se engañe. Son los trabajadores quienes han conseguido hasta el último avance social en nuestra civilización. Y somos nosotros quienes debemos de seguir luchando por una sociedad más justa, más igualitaria y más responsable. Todo ello pasa por la proclamación de la III República Española, para la que no es necesaria que esperemos a que otro Jefe del Estado muera en la cama. Está claro que el Juancarlismo no es ni mucho menos comparable (afortunadamente) al régimen anterior, y que la transición española supuso el reconocimiento de la realidad social que se respiraba en la calle. Pero idealizar nunca es bueno, porque se corre el riesgo de convertir en mitos inamovibles circunstancias concretas de épocas concretas. La monarquía está ampliamente superada a pie de calle, y los ciudadanos españoles no necesitamos de una institución anacrónica que trata como menores de edad a aquellos que pueden decidir sobre quien les gobierna, pero no sobre quien ostenta la máxima representación del Estado.
¡A la tercera va la vencida!
¡Viva el 1º de Mayo!
¡Viva la República!
¡Viva el 1º de Mayo!
¡Viva la República!